Escapar.

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El ajetreo de los autos y las micros, el ruido de las masas de gente que sube y baja del metro, los olores agradables y los que no lo son tanto, el frío, el calor, la transpiración al caminar con un bolso, las monedas que pide un tipo calvo a la entrada del terminal, la música; mi fiel compañera, los carachos que veo y una que otra sonrisa de un niño.
Sentarse, esperar que te pidan el boleto, dar tus datos, intentar dormir, soñar, recordar, saber que voy camino a mi casa, por una parte feliz y por otro lado la tristeza que me provoca pensar en un vacío físico. Los amigos de toda una vida que siempre están ahí… la familia, mi familia, la quinta fuerza que me domina, el sol y su energía, la luna y su sabiduría, el pasto, mis perros, los pollos de mi tía. Mi casa, el baño y mi pieza, mi refugio, mi laboratorio de ideas y recuerdos, un tabaco, más música, la guitarra y el papel.

Un día soñé que estabas ahí y sonreías, mirabas al rededor y según tú todo lucía bien, no sé si tanto así, pero aquí estoy como cada noche intentado entrelazar palabras rotas, pensamientos y emociones, nos quedó algo pendiente, y eso es lo que más me duele.

Ilusiones

Esa misma tarde sintió la necesidad de llamarla, acudió hasta el teléfono más cercano de la forma más apresurada que pudo. Cogió el auricular e introdujo un par de monedas, apretó los botones y esperó pacientemente. Quince segundos duró la llamada, en ningún momento logró soltar una palabra, sólo se escuchaba un –¿Hola?- de parte de la voz de un hombre. Un cuarto “Hola” bastó para que cortara. Tomó el auricular y lo colgó en el teléfono, miró el suelo y descubrió que olvidaba llevar zapatos. Asintió. Miró el horizonte, todo era adornado por un montón de dantescas montañas y un paisaje tono verde-marrón. Según su reloj imaginario debían ser las 5 y 30 de la tarde, sabía que a esa hora era el mejor momento de caminar en el pasto.

Recordó mientras paseaba la figura de quien durante décadas fue la musa de su inspiración, aquella figura que encandilaban sus tristes ojos, aceleraba su marchito corazón y atontaba su etérea mente. Se sentó bajo un árbol de grueso tronco y oscura corteza y de sus ramas pendían frutos que tenían el tamaño de naranjas, de color rojizo oscuro y aterciopelado al tacto. Se recostó y miró el cielo, ésta vez se sintió solo y de sus ojos perdidos brotaron un par de lágrimas que desteñían el arrebol a lo lejos. 
Fue ahí cuando por su melenuda cabeza recorrió la idea de intentar llamar una vez mas. El mismo ritual anterior, pero en esta ocasión tenía la esperanza de ser correspondido con la voz que él tanto anhelaba. Otra vez y sin ninguna nueva novedad volvió a colgar el teléfono. Miró otra vez hacia abajo, y ésta vez sus pies estaban de un color violáceo. Concluyó que era mejor retornar a casa, su viejo hogar, el escondite que lo albergaba durante tantos años y al que sólo él tenía acceso.

Un par de velas, una mesa vieja y oxidada, una silla roída por el tiempo y un impregnante olor  a flores podridas que inundaban cada rincón de su choza eran los elementos que quizá más atesoraba de su pobre existencia. Encendió las velas. La poderosa incandescencia de éstas iluminaban las pálidas paredes que a ratos parecían moverse producto del juego de luces y sombras de las llamas danzantes y la cera derritiéndose.
Caminó hasta el fondo y de un gran baúl sacó un lienzo blanco, radiante como cual túnica de ángel, lo acomodó tantas veces que las horas se volvieron eternas y por un momento el tiempo le quitó la vista de encima. Cuando hubo encontrado la posición perfecta, decidió con un pincel tan viejo como él comenzar a pintar.
Era tanta la delicadeza de sus trazos que por momentos ofrecía un espectáculo sublime y parecía que acariciara al cuadro y junto con él danzaran la melodía mas apasionada y excitante jamás vista. Cada pincelada era acompañado por un grito atronador y un sollozo desgarrador, como si en cada línea dejara plasmado los recuerdos de toda una vida, cada vez con menos energía y más viejo que ayer seguía pintando la obra definitiva, la cúspide de su efímera existencia, la conclusión de su alma.

Tres días y dos noches estuvo grabando su alma y mente en aquel cuadro, tres días y dos noches en las cuales sólo se permitía respirar y estirar sus viejos músculos.

Su mejor cuadro era también el peor de todos, la imagen de él mismo, la locura en su máxima expresión , grabada por las antiguas tinturas.

Un viejo en un fondo oscuro en cuyas  manos sostenía una flor, la flor era ella. Esa mujer que por tantos años buscó y nunca encontró, esa voz que pese al paso de los años nunca se apagó dentro de su mente , esa flor que siempre fue más espinas que pétalos, esa misma rosa era su alma y ahora él la vio ahí inmarcesible y acendrada.

Volvió a llorar, pero esta vez con algo de ataraxia, caminó lánguido y marcó los números que sus dedos replicaban de memoria y con exactitud. Quince segundos duró la llamada, ésta vez se oyó una delicada voz diciendo -¡Hola?-, pero él no respondió. 
Esta vez miró las nubes en lo alto y asintió como aceptando un veredicto, cerró los ojos y se dejó caer.

Desde la puerta se dejaba apreciar el cuadro  donde el viejo se inmortalizó para siempre.ilusion3

5 minutos.

esencia-humo

Te pensaba entre vaivenes de humo,
mientras el eco de tu voz borraba registros de mi mente.
Caminaba taciturno y pensativo como esquivando el viento
de la gente, entre emociones que juegan como niños
y me sacan a bailar una danza triste y solitaria.
Miraba hacía atras como buscando algo que faltaba,
sus ojos de fuego que me congelaban, la ibertad de su pelo
que abrigaba por las noches mi frente pensante
y sus brazos sostenían mis historias catatónicas
a las que sólo tú le dabas vida.

Flashback

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Salgo y respiro, se vienen a la mente los olores de mi infancia.
Vuelvo a ser niño, escucho mi nombre y soy feliz.
Y recuerdo las mañanas de pan amasado, las tardes de pelota, la alegría simple de jugar en el jardín.
Respiro la fragancia de la tierra húmeda, porosa entre mis dedos, el barro bajo mis uñas y vuelvo a ser niño.
Disfruto del momento que me invade, la simpleza de mi infancia, las risas de la nada, los paisajes desbordantes de fantasía que construía en mis delirios del jugar.
Y quiero volver a ese deleite, a ese gozo que constituía existir, a esa libertad de ser.